sábado, 4 de enero de 2014

#36




Crudo invierno.
Sushi de nieve.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Primero, poesía*

Para María

La gente se ríe cuando lo digo pero hablo en serio. No miento. El caso es que no veo otra salida. Es el único camino. Yo, al menos, no conozco otro. Es la única manera que he encontrado. Se llama Poesía. Sí, poesía. Así, en grandes letras minúsculas. Ante la mentira, poesía. Ante la sombra, poesía. Ante el engaño, poesía. Poesía. Poesía. Poesía. La verdad frágil. La duda innegable. Las pupilas desnudas que descubren todo por primera vez a cada segundo. El alambique que destila la vida. Poesía para empezar, para poder continuar, para jugar una partida nueva desde la casilla de salida. Porque solo empezando desde el principio se puede llegar hasta el final.
Primero, poesía para despertar. Necesitamos que algo nos recuerde que la vida se termina con un punto final y no con tres suspensivos. Por qué perder tiempo en circunloquios y rodeos si lo importante, lo necesario se dice en dos palabras. Tan sólo basta una mirada, un suspiro, un instante y todo queda dicho. Por qué evitar el camino recto del verso.
Primero, poesía porque solo el mañana tiene sentido si ayer nace sin hoy. El futuro oprime y el pasado condiciona. La poesía no soluciona, es cierto, tampoco aligera pero pone espejos para asumir que aquello que fuimos y lo que seremos seguirá ahí si no hacemos nada nuevo. Y se hace fuerte en el ahora. Es ahora cuando siento, cuando me duele o gozo, es ahora cuando recuerdo que una vez fui feliz porque fui. Y también triste porque fui y no volví. La poesía no delega. Toma la iniciativa, la palabra, sube al escenario y grita que el hoy siempre funciona, que es lo único sólido que tenemos pero igual efímero. Por eso no hay que dejarlo escapar. Antes de que sea tarde y se convierta en un ayer difuso y sobrevalorado. 
 

Primero, poesía para saber de qué estamos hechos. Con qué herramientas contamos. Qué hemos hecho con ellas hasta ahora. Qué podemos hacer. Somos capaces de mucho más, seguro. Pero hay que saber quiénes somos. Revisar cada poro, cada lágrima vertida, cada beso que nos hemos dejado robar, cada puñetazo en la mesa que no terminamos de dar. Eso somos. Todo eso. Lo hecho y lo no hecho. El haber y el debe. Nada más que un amasijo de carne, dudas y amor. Pero si no lo sabemos, si no hacemos inventario de dolores y sonrisas, seremos nada. Una nada artificial y perfecta que sólo servirá para no servir para nada.
Primero, poesía como lenguaje. Como medio de comunicación. Preciso y rico, al mismo tiempo. Porque la poesía no esquiva, no regatea. Mira a los ojos. Nos enseña a preguntar sin saber la respuesta de antemano. Nos obliga a dudar, a quedarnos unos segundos colgados de un verso sin saber si al inicio de la linea siguiente habrá otro para no caernos. Vivir sin red una vida sin trampas. Sin precauciones. El camino recorrido me ha enseñado que las prevenciones no sirven. Que la venda sin herida es una bandera inútil que asfixia. Que el temor solo frena mis pasos y cambia el destino sin darme cuenta. La poesía nos deja al borde de un acantilado infinito. Y darse la vuelta es morir en cada paso retrocedido. Pisar decidido la tierra removida e inestable y contestar sin miedo esas interrogantes a punto de explotar. La vida como un campo minado de sonetos.
Primero, poesía para reaccionar. Para caminar y dar el primer paso. Solo así evitaremos ser pisados. Así de sencillo. La poesía muestra fotografías concretas, sentimientos concretos, instantes congelados que aún respiran. Tan concreta que la poesía puede hablar de ti, de mí o de nosotros. Nos despoja de nombres y apellidos y nos otorga matices, detalles y esquinas. Y eso nos hace iguales. Iguales en la fuerza, en la debilidad y en las ganas de hablar una misma voz. Justo en ese momento seremos invencibles. No antes, pero sí entonces.
Primero, poesía. Después, revolución. 

*Artículo publicado en el número de Noviembre del periódico Bilbao. 

martes, 1 de octubre de 2013

Bajo tierra*

El vagón del metro está lleno. Sopor y sudor en una tarde de verano. Señoras sentadas que se abrazan a sus bolsos, jóvenes apoyados en las puertas cabeceando al ritmo que sale por sus auriculares y un racimo de manos, de todos los colores, toma con fuerza la barra vertical situada en el centro del vagón. Nadie se mira. Infinitas órbitas que parecen no coincidir. Tan solo breves cometas fugaces que no encuentran respuesta y mueren en el anuncio de un restaurante chino.
Junto a las puertas, sin escapatoria, ella y yo. El vaivén del metro nos hace tambalear, corregir la posición de nuestros pies sobre la marcha para no caernos. Lo mismo pasa con nuestros labios. Torpe baile de pasión recién estrenada. Pero nos aplicamos con ganas. Un frenazo antes de tiempo, como un toque de atención de un tren celoso, casi consigue separarnos. La barra queda lejos de nuestro alcance y los dos únicos sitios libres son un horizonte imposible. Noto que ella me abraza un poco más fuerte, abarcando toda mi espalda, mientras su cuerpo, más pequeño que el mío, se inclina levemente apoyándose en mi. Yo abro las piernas, busco asegurar el centro de gravedad y me inclino, también suavemente, hacia ella.
De repente, conseguimos un equilibrio perfecto sin necesidad de agarrarnos a nada. Tan solo el uno con el otro. Con dos golpecitos en la espalda requiere mi atención para besarme con una sonrisa que sabe a victoria. Eso es un poco el amor. Sentirse seguro en plena intemperie.
Vuelvo al metro. No hay tanta gente, el verano se ha tirado a las vías hace unos días y hay sitio de sobra. Estoy solo. Me siento. Al lado descansa un ejemplar de un periódico gratuito. Está arrugado y manoseado. Lo rescato. Hojeo sus páginas con más lástima que convicción. Es imposible pero me parece oler a viejo por entre sus noticias. Hasta que llego a la última página del periódico. Es algo parecido a una sección de contactos pero va un poco más allá. Como si pudiéramos leer, sin esfuerzo, cada mensaje enviado en cada botella y encontrado en la orilla de cada playa a lo largo de toda la vida. 



Esta sección me confirma que es mentira eso de que no se miran. No les veo, pero se miran y lo recuerdan. Otra cosa es que no hablen o no se acerquen. Pero mirar, miran y se fijan. Seguro que se fijan.
Hay mensajes tímidos. Dos líneas escasas para decir, por ejemplo, que se fijó en ella por su manera de leer, de quedarse dormida o de sonreír mientras escuchaba la radio. Otros se extienden para imaginarse la vida al lado de alguien que han visto apenas unos instantes. Tiempo más que suficiente para construir un sólido sueño al que solo le falta el pequeño detalle de conocer, pasado un minuto al menos, el receptor de los suspiros que estoy leyendo yo ahora. Y luego están los angustiados. Aquellos que creen haber dejado pasar un tren fundamental. El metafórico, no el físico. Que son los importantes. Son los que aportan todo tipo de detalles del fugaz instante. Hora, línea de metro, situación dentro del vagón, ropa que lleva ella, rasgos de él. Se nota la presión y la ansiedad en cada una de las palabras escritas. Incluso aparecen faltas de ortografía.
Mientras leo, voy colocando en mi vagón, vacío desde hace unas estaciones, a algunos de esos personajes. Como Hércules Poirot en el Orient Express, dibujo la escena del crimen e imagino las miradas furtivas, la imaginación desbocada y la valentía sepultada en un montón de excusas. El amor es un poco eso. Imaginar y sonreír con lo imaginado.
El metro se vuelve a llenar. Entran viajeros nuevos con prisas viejas. La correspondencia con otras líneas y la cercanía de la estación de autobuses tienen la culpa. Sigo sentado. A mi lado, de pie, una chica coloca con cuidado su bicicleta. La cadena está oxidada y le falta el freno de la rueda delantera. Probablemente la lleve a arreglar. Resopla y se revuelve el flequillo en un gesto que parece instintivo. Ya instalada y a punto de cerrarse las puertas aparece de la nada el último pasajero de nuestro vagón. Atropellado pero sin perder los papeles, pide perdón a la chica de la bicicleta por su entrada. Ella quita importancia al asunto y comienza a hablar con naturalidad, sin buscar nada. Pasan varias estaciones. Las miradas se fijan y las preguntas se suceden. Yo llevo en la misma página del libro unas cuatro o cinco paradas. Con más espacio, ella acomoda mejor la bicicleta. Justo entre su cuerpo y el de él. El hombre mira por encima del hombro de la chica y advierte que es su parada. Con un gesto se lo hace saber y sonríe en forma de despedida. Las puertas se abren, le mira una última vez y le da un beso de esos que dura una eterna fracción de segundo. Sale sin correr y sin mirar atrás. Ella no puede moverse. Cierra los labios y abre los ojos.
La voz femenina del metro anuncia mi parada. También la de ella. Varada en su bicicleta, sale la última para no molestar al resto de neuróticos pasajeros y porque le cuesta andar, caminar. Acoplo mis pasos a los suyos para acompañarla, aunque sea en la distancia. La verdad es que no sé si alguien más se ha dado cuenta. Subimos las escaleras mecánicas mientras se nota el aliento frío de la calle. No hay ansiedad ni angustia en su mirada. Tan solo sorpresa que, poco a poco, se transforma en sincera y fugaz felicidad. El amor es un poco eso. Aprovechar el beso de cada momento y ser sorprendido.

*Artículo publicado en el periódico municipal Bilbao en su edición de octubre.



domingo, 4 de agosto de 2013

Reflejos*

Para Haizea

“Miro de reojo el espejo del baño. Ahí está. Un tipo recién duchado que no tiene la mirada limpia. Algo esconde. Algo evita. Hace tiempo que no le miro de frente. No me cae bien. Cada vez peor, de hecho. No se atreve. Por eso decido irme. Lejos. No volver a verle. Seguro que sigue quieto en ese recuadro de cristal empañado de lágrimas condensadas. Si él no se va, me marcho yo. Si él no se atreve, me atrevo yo. No puedo más. Seguro que hay otros espejos, otros ojos que me miran, otros reflejos”
Leo estas líneas en un cuaderno negro de pasta blanda. Las escribí hace meses. Antes de irme. En realidad, escribí este párrafo en el momento justo en que decidí que me iba. Y me fui. Decido. Viajo. Voy lejos. Pasan cosas. Me pasan cosas porque quiero que me pasen cosas. Parece fácil pero no lo ha sido.
Dice el tópico que la mochila de los problemas viaja con uno, que no hay posibilidad de huir, de dejar abandonado ese equipaje y que por mucho que lo descuidemos, nunca se pierde en los aeropuertos. Es cierto. Pero, a veces, el viaje es una manera de vaciar esa mochila. Sobre todo si en vez de facturar la llevas como equipaje de mano.
Eso es lo bueno que tiene tomar decisiones. Nadie, salvo yo, es responsable de lo que me pasa a partir de lo que he decidido. Ni siquiera el reflejo esquivo del baño. No sé si le pasa a más gente pero cuando tomo una decisión más o menos importante siempre pienso en las consecuencias negativas que puede conllevar. Es más, para mí, la palabra consecuencia tiene un matiz negativo inevitable. Nunca pienso que puede haber consecuencias positivas. Sin embargo, cuando bajo del avión todo es posible. Todo. Incluso lo mejor. Todas las puertas están abiertas. Todos los espejos están limpios. Todo son nuevas miradas donde reflejarse. 

  Entonces llego a un lugar que no es el mío. Soy extranjero, inmigrante o peor, soy un turista. Estoy desubicado. No encajo. Pero, de repente, eso deja de ser negativo. De defecto a virtud en cuestión de segundos. Soy diferente, tengo algo que me distingue. Entonces sonrío y me empeño en sacar esa cualidad que me diferencia para compartirla.
Con una naturalidad sorprendente, comienzo a cruzarme con miradas reflejadas, con miradas que reflejan y con reflejos que me miran. También con miradas que he visto en reflejos de ojos que ya he oído llorar. Probablemente en el espejo de aquel lejano cuarto de baño antes de empañarse.
Ahora me toca decidir de nuevo. Recorrer el camino de cada mirada o pasar de largo. Entrar o no molestar. Preguntar o quedarme con la duda. Una decisión llama a otra. Ésta también parece fácil de contestar. Y lo es. Reconocer miradas nuevas es un lujo que no puedo echar a perder. Por muy lejos que esté.
Las calles largas, casi infinitas, y el verano caluroso, casi derretido, favorecen los paseos a ninguna parte. En un silencio, los dos, ella y yo, dejamos caer la mirada a la ciudad. Entonces hablamos de Montreal. No sabíamos explicar porqué nos sentíamos a gusto en un lugar tan alejado de nuestro origen, porqué nos había caído tan bien si no es la más bonita, la más honrada ni la más perfecta. Volvimos al silencio. Sólo se me ocurrió tararear 'Thunder road' de Bruce Springsteen cuando dice: “You aint a beauty, but you're alright and that's alright with me”. Totalmente de acuerdo, dijo ella. Aquí las cosas son posibles, supongo yo. Todo es posible. Incluso lo mejor. 

viernes, 19 de julio de 2013

martes, 2 de julio de 2013

Vademécum*

Vivo luego dudo. Dudo mucho. En realidad, dudo más de tres veces al día. Dudo más que como. Hay días que me empacho de dudas. Otros no, otros me sobra con una duda de las grandes. Día sí y día no, las preguntas se acumulan en mi bandeja de cosas pendientes. La vida es pregunta y respuesta y otra vez pregunta.
Si necesito avanzar y responder busco ayuda en mi vademécum. Un botiquín de urgencia que llevo siempre conmigo. Una especie de librito concreto pero imaginario en el que guardo versos, alguna cita, nombres, libros, autores, frases de amigos y espejos; algunos cóncavos y otros convexos. Referencias que acumulo en el zurrón con la confianza de que en momentos de tropiezo o duda me sirvan, al menos, para no dejar de caminar.
Porque todos tenemos dudas. Es conocida la anécdota que contaba Billy Wilder a la menor ocasión. Cuando escribía un guión y llegaba a un callejón sin salida, a una duda, automáticamente se preguntaba: “¿Cómo lo haría Ernst Lubistch?”. Wilder también está en mi botiquín, claro. Pero hay otra voces que se suman.
El mes pasado concedieron el Premio Príncipe de Asturias de las Letras al escritor Antonio Muñoz Molina. Una buena noticia. Aquí no hay duda. Una referencia de las buenas. Por su profundidad y sencillez. No creo que necesitemos mucho más en este tiempo de desguace. Y no es poco. Reflexionar con poso y sin eco no es fácil pero Muñoz Molina lo ha conseguido.
Foto de Ricardo Martín vía Alfaguara.com
En una entrevista concedida en febrero, el escritor hablaba de la función de los intelectuales como referentes de la sociedad. Y alertaba sobre esa condición y esa palabra: “No necesitamos intelectuales iluminados”, decía. El autor de 'Plenilunio' ha conseguido colocarse justo al lado del haz de luz de ese foco peligroso. Utilizando, con permiso, su metáfora, podríamos decir que Muñoz Molina es un intelectual apagado. Como lo era José Luis Sampedro, por ejemplo. Pertenecen a ese grupo de intelectuales que no se reconocen en esa condición, que parecen no decir nada importante porque su tono no es chillón, maledicente o absoluto. Justo por eso, la sociedad les reconoce como referentes, porque no están subidos en ningún estrado o columna como San Simón. Se les puede mirar a los ojos.
Otro valor es que se cuestionan. Tienen dudas. Y esos son los mejores. Los intelectuales que dudan. Son aquellos que no se fían, que no dan por hecho, que no suponen, que no se quedan colgados en el signo de interrogación esperando una respuesta, la buscan sin esperar una solución determinada. Y esos son las valiosos. Porque no se paran, porque continúan, porque se preguntan y se revisan.
Porque si hay algo más importante que tener referencias, es revisarlas. Tener en cuenta que aquellas miguitas que guardamos para marcar el camino no son las únicas o pueden perder valor es otra referencia en sí misma. No es fácil hacerlo. Pero necesario. Siempre.
A mí también me ha tocado revisión de referencias. Estoy en ello. Y tengo la fría sensación de que se me agotan, de que lo que me valía hace unos años ahora no me vale. Ese vértigo, dulce a veces, de la reinvención constante no deja de aparecer. Y más ahora. Cuando mi brújula marca otro Norte, cuando mis palabras pierden peso y cuando mi futuro está revuelto y suspendido como la arena que baila en el fondo del mar.
Sin duda, Antonio Muñoz Molina es una buena miga que incluir en mi zurrón. Es una baliza que como aquellas que flotan en el agua, nunca está en el mismo sitio, no se resiste al movimiento de la marea, lo observa y trata de comprender su ritmo. Una y otra vez. Porque sabe que nada permanece. Nada está quieto. Ni siquiera las balizas. 
*Artículo publicado en el periódico Bilbao en su edición de julio 2013. 

jueves, 20 de junio de 2013

domingo, 2 de junio de 2013

Westmount*

Para Beatriz

Es una casa que no llama la atención. Tiene un pequeño porche rodeado por una barandilla de madera blanca. La fachada es de ladrillo rojo oscuro y las molduras de las ventanas son también blancas. Todo está en silencio. No hay nadie pero las sillas en el césped y el coche aparcado justo delante del garaje indican que la casa tiene vida. Solo falta una luz encendida de una de las habitaciones para convertir la escena en un cuadro de Hopper.
Me quedo quieto en la acera. La tarde cae. Como en un museo me quedo mirando el cuadro y hago trabajar la imaginación. Intento rejuvenecer la escena. Busco a un niño que descubre sus primeros juegos en ese césped. Y que luego se puso a escribir. Y más tarde decidió cantar sus poemas. Busco a Leonard Cohen. Pero no está, claro. Estuvo. Su biografía dice que hace ya algunos años, el cantautor canadiense dio sus primeros pasos en ese barrio tranquilo, sin pretensiones y casi idílico de Westmount.
No hay rastro de él ni de su vida pasada en esa casa. Ni placas ni recordatorios. Nada. Tan solo mis ganas de creer que esa casa fue la casa de Leonard Cohen. Y, ¿si no fuera ése el hogar natal del artista?. Sigo quieto en la acera y sonrío con esa idea en la cabeza. Sería absurdo que yo estuviera inmóvil frente a una casa que seguro acogió una infancia feliz de cualquier otro ciudadano canadiense de provecho. Pero no sería Leonard. Tampoco niego que siendo verdad que Cohen creció delante de mí hace más de setenta años, la escena no sea igual de absurda.
Pero supongo que es la necesidad, un poco mitómana, lo confieso, de indagar en la vida de alguien que ha indagado en la mía. Alguien que ha dado respuestas a algunas de mis preguntas o que ha pronunciado, de una forma más certera, esas cuestiones que siempre me han rondado el alma. Necesidad de dar cuerpo al alma de sus canciones, intuyo. Deshacer el camino de baldosas amarillas, sospecho.


Me dicen que la mayoría de los habitantes de Westmount en la actualidad, y puede también que de Montreal, se aventuran, desconocen este dato de la biografía de Cohen. Que tan solo los turistas aficionados a su música se acercan, de a poco, por Belmont Avenue. Yo, ahora, vivo a escasos quinientos metros de esa calle. Era inevitable acercarme. Mis discos rayados de Cohen no me lo hubieran perdonado nunca.
Westmount es una pequeña ciudad dentro del centro de Montreal. Se trata de uno de los núcleos anglófonos más importantes de la capital, principalmente francófona. Esa mezcla de idiomas, de puntos de vista, de personalidades se nota en cada paso que doy por la ciudad. Desde la más superficial del lenguaje y del patrimonio, a otras actitudes más sutiles como su comportamiento cívico, por ejemplo.
Supongo que eso se nota también en Leonard Cohen. Es un cantautor norteamericano pero encaja perfectamente en la tradición del chansonnier francés. Sus canciones están llenas de referencias americanas pero siempre sobresale un matiz de lirismo y amargura e incluso de intensidad más típico de autores europeos.
Puede que esté influido por estas calles, por esta mezcla de acentos que aún me confunde, por un mapa del que desconocía referencia alguna. Puede ser. Pero, sin duda, para mí, es un Nuevo Mundo en el que encuentro nuevas explicaciones a viejas preguntas.
Vuelvo sobre mis pasos, camino de mi casa. A la tarde le queda un último brillo. Una luz más que suficiente para iluminar una larga calle en cuesta que bajo con la atención del turista despistado. Y pienso, con otra sonrisa dibujada en la cara, que Leonard y yo tenemos algo en común. No es la poesía, no es la música, tampoco el talento, ni mucho menos la experiencia. El viejo trovador y yo compartimos primeros recuerdos.
Cuando él comenzó a abrir los ojos al mundo en este rincón, vio lo mismo que yo he visto por primera vez de esta esquina del mapa. Es otra idea absurda, lo sé. Pero a mi me hace sentir bien. De alguna manera yo también he nacido en Westmount. 

*Artículo publicado en el número del mes de junio del periódico Bilbao.

jueves, 2 de mayo de 2013

Por otra cabeza*



Me gusta ese bar. Es un bar de pueblo. De esos multiusos. A la mañana cafetería para los madrugadores, a mediodía taberna para la ronda de vinos de los parroquianos, a la tarde agradable pub y a la noche, a veces, discoteca para los jóvenes rezagados que se iban a quedar en casa sin salir.


Esa tarde, desde mi mesa-escritorio del fondo, el bar rumoreaba con voz de niño y de jugador airado de cartas. La música llenaba huecos sin brillantez pero con oficio y la camarera con la sonrisa más bonita que he visto a ese lado de la barra me ponía otro café.
Yo seguía sumergido en mis papeles, en mis notas confusas mientras el bar bullía con más o menos volumen. No siempre me pasa pero de vez en cuando necesito salir del vacío de mi cuarto, de mi ordenador y su silencio para notar que fuera de esa tranquilidad hay gente que vive y hace ruido. Quizás sea por contraste pero la concentración llega a mis oídos con más rapidez y profundidad. Y cuando quiero despertar de esa burbuja no tengo más que levantar la mirada y observar ese universo de relaciones y gestos.
Ya llevaba un rato en el bar, en mi esquina, escribiendo y leyendo, cuando mis oídos, ya acostumbrados al runrún de la clientela, notaron una soledad extraña. Levanté la cabeza y noté un silencio aislado, una especie de sima muda entre dos ruidos.
Las dos parejas que jugaban a las cartas seguían haciéndolo pero con una cadencia casi oriental, los niños juguetones habían salido animados por una tregua concedida por la lluvia y la camarera dejó la trinchera de la barra para acercarse a las mesas y recoger los vasos. Un trapo húmedo y una sonrisa limpia como únicos utensilios para su faena. Suficientes, pensé yo. Más que suficientes.


Como si la escena necesitara una banda sonora para amortiguar esa nada suspendida, comencé a escuchar unos violines, una suave y sugerente introducción de cuerdas que al principio pensé soñada. “Ya estamos otra vez, Jöel”, me dije. Pero no, la música salía de los bafles del bar, no de mi imaginación. Una versión instrumental del tango de Carlos Gardel 'Por una cabeza' terminaba por redondear un momento imaginado alguna vez en mi propia cabeza pero real esta vez, lo prometo.
Dejé el bolígrafo, consciente del instante, y disfruté de ese efímero espectáculo intentando aprehender cada detalle, cada matiz. Viendo balancearse a la camarera por entre las mesas me acordé de Al Pacino y de aquella escena en la que él, un militar ciego, saca a bailar a una preciosa joven al ritmo de este mismo tango. Un momento de total comunicación donde Pacino sabe qué hacer en cada momento para convertir un tango en una sugerente conversación íntima.
Recuerdo que pensé: “Me encantaría ser Al Pacino en aquella película. Me encantaría tener las palabras justas y el traje impecable para que la camarera dejara el trapo y cogiera mi mano mientras yo le abrazo la cintura”. Pero ni yo soy Al Pacino, ni llevaba traje ni sé bailar el tango. Y para qué estropear esta escena donada por la vida con torpes pasos y palabras entrecortadas.
Supe que ella misma había programado esa canción cuando escuché su tímido silabeo al acercarse a mi mesa a recoger mi penúltimo café. Pasó el trapo y dejó su sonrisa. Y yo pensando en Pacino.
Pero ese momento como vino se fue. El tango cesó languidamente, la camarera regresó a su trinchera, el bar se volvió a llenar de niños ruidosos y padres superados y los jugadores de cartas se enfadaron de nuevo por una cuenta mal hecha. Como siempre.
Dice Francisco Javier Irazoki que la poesía está por todas partes y que no siempre escribir esos destellos los mejora. Tiene razón. A la vista está. Pero esa tarde pasó algo demasiado bonito como para no contarlo, aunque sea de manera torpe y entrecortada como mis pasos de baile.
* Artículo publicado en el número de Mayo del periódico municipal Bilbao

viernes, 1 de marzo de 2013

El regalo



Me encanta regalar. Es un placer dar sin viaje de vuelta. Regalar tiempo, gestos, besos e incluso objetos o libros a personas cercanas, queridas. Y todo porque no saben que el regalo me lo hacen a mí. No saben que me están regalando una aventura. Un viaje. Una ruta hacia ellos mismos.
Regalar para mí es, precisamente eso. Buscar, bucear y encontrar. Es también riesgo y mimo. Curiosidad de niño. Fallar tal vez. Acertar las más de las veces. Diversión siempre.
Cocinar, por ejemplo. Es un regalo de tiempo infinito que huele a cristales con vaho toda una mañana de invierno. Ofrecer una comida es algo muy especial. Empieza por elegir el menú. Buscar ingredientes, recetas, sabores que encajen en los invitados, en sus gustos, en el carácter de cada cual. Después toca hacer la compra. He de confesar que aquí me pierdo. Como un expedicionario por la ruta de la seda voy buscando esos componentes que harán un todo que será, al mismo tiempo, parte suya y mía. La frutería es mi oasis. Suena raro pero me divierto tanto comprando fruta y verdura.
Tras el viaje toca volver a la cocina. Un lugar donde el tiempo pasa lento, a fuego lento. Entonces comienza el precioso proceso de trocear, partir, cortar, dorar, hervir, esperar, calentar, oler, probar, beber un sorbo de vino para continuar y sonreír, mientras todo esto ocurre, porque ella adora el chocolate, él sucumbe ante un buen puré de patatas y ellos ya están tocando el timbre de la puerta para que les abra.

También se pueden regalar besos. Sí, de verdad. Parece que en vez de regalar los robas pero no. Que no os engañen. Dar besos de esos que están sin estrenar es un regalo de los buenos. O sonrisas si la intimidad no os llega para un beso. Yo lo he hecho y funciona. Una vez, en el metro. Vagón de bostezos y rutinas, caras opacas. El exterior se difumina y busco un lugar donde encallar mis ojos legañosos. De frente veo a una joven. El ritmo del vagón mece su cuerpo y bailotea en un divertido duermevela. Un frenazo le despierta y descubre mi mirada curiosa. Le doy una sonrisa. Me la devuelve renovada. Y amanece de nuevo al salir del túnel.
Hay otro jardín que me gusta frecuentar a riesgo de perderme y fracasar. Y es regalar poesía. Es otro placer que me permite rebuscar en los rincones de las librerías, porque la poesía siempre vive en rincones, y traducir en versos ya escritos esa mirada, ese carácter o esa sonrisa. Y descubrir, contento, que ese libro casi escondido, ha nacido para ser regalado.
Los versos son calles poco transitadas, es cierto, pero no por ello son menos transitables que las largas avenidas de las frases. Y averiguar, casi adivinar, qué poeta, qué poemas, con qué versos acertar no es tarea fácil. Si no pasea por esas calles, por dónde empezar. Y si pasea habitualmente, cómo sorprender. Siempre hay calles seguras por las que casi nadie resbala. Pero regalar poesía es saltar a un vacío un tanto incierto. Intuyo el otro lado pero no acabo de verlo con nitidez. Y es sencillo caer.  Pero, ¿Y si acierto?, ¿Y si doy con el mapa perfecto?, ¿Y si descubro calles nuevas por las que pasear juntos?. Siempre queda la opción de la corbata o el perfume, claro. Regalos convertidos en excusas baratas para no ir más allá de la mirada propia.
Pero pocos filos tan atractivos como el de buscar en mirada ajena. Pocas empresas tan arriesgadas como la de bucear en dos pupilas nuevas. Pocas sensaciones tan gozosas como la de haber encontrado dos perlas.

martes, 5 de febrero de 2013

Ojos pintados*



Me gusta pensar que, al nacer, el iris de mis ojos no tenía color. Un lienzo en blanco que solo se tiñe de matices a medida que el mundo se extiende delante de mí. En función de las cosas en que me fijo a lo largo de mi camino, de aquellas que me han sorprendido o que me conmueven, esas dos curiosas mirillas tienen una tonalidad determinada y caprichosa.
Tenía trece años cuando mis pupilas, aún deslavadas y blancuzcas, recibieron un primer brochazo de color. Apenas sabía lo que significa ir a un museo cuando mis padres me llevaron, en verano, al Teatro Dalí de Figueres. “Un sitio más que visitar antes de ir a la playa”, pensé.
Mis ojos no sólo cogieron color sino que adquirieron profundidad. Cada grabado, fresco, pintura o instalación era un reto para mi inhóspita cabeza y mis pálidos ojos. En minutos debía procesar colores, caras, perspectivas y archivarlo todo para poder pasar al siguiente reto. Lo recuerdo bien. Estaba aturdido y emocionado. Mi corazón se aceleraba.  A cada paso una aventura nueva. Sentado en un escalón cerca del patio que organiza el espacio, cerré los ojos y, mareado, esperé a que mis padres me encontraran mientras los nuevos colores, trucos y dimensiones se asentaban en mi cabeza y cromaban mis pupilas de un intenso azul surrealista.

Me enamoré por primera vez a los 16 años. El corazón latía con fuerza, desbocado y hablaba por mí. No callaba. Era mi portavoz imprudente. El viaje de estudios a Amsterdam terminó por estallarlo todo en cientos de colores más. El culpable fue Van Gogh. Sus pinceladas intensas, rabiosas; cada una como si fuera la última, se convirtieron en palabras de un idioma que sólo entonces creí entender. 

Esquivando a mis aburridos compañeros, a excepción de algún que otro náufrago que comprendía, como yo, el mismo lenguaje que el loco del pelo rojo, aprehendí su pasión y su tensión, su necesidad enfermiza de pintar. Ahora como entonces no queda más remedio que, como él, afrontar cada bastidor sin hacer prisioneros; como si fuera el último. Desnudos y sinceros. Los dos. Pintor y espectador. En el largo viaje de regreso en autobús, mis ojos, cerrados y cansados, revoloteaban en sus cuencas llenos, esta vez, de un eterno verde insolente.
Varios amores eternos después y con las pupilas hambrientas de otros colores, otros brillos, miré hacia atrás y busqué entre las sombras. En la intimidad de un cuarto oscuro descubrí el blanco y negro. La química mágica del papel mojado. La fotografía. Y con ella, la importancia del enfoque, de las formas, de la sugerencia. La riqueza del matiz, del susurro, del detalle. De mostrar sin enseñar. De ocultar para ver. De inventar para sentir la realidad.
Entonces apareció Doisneau para enseñarme imágenes de besos, adoquines y ciudades que de tan pasadas, casi olvidadas, continúan respirando y llenando de vaho el cristal que las cubre. Buscar el corazón en cada piedra, la sonrisa en cada monigote de tiza o la lágrima en un juguete infantil. Búsquedas que mis ojos llevan a cabo por inercia apasionada. La paciencia y la sensibilidad convertidas en instantáneas.  Consiguió positivar los colores saturados y aportar a mis pupilas enardecidas antiguos matices de un gris melancolía.
El camino sigue y los reflejos no terminan. El color del iris nunca deja de matizarse, de enriquecerse, de cambiar. Como nunca va a volver al blanco inicial, a la casilla de salida. Así que cada nuevo color, nuevo trazo y cada nueva emoción tendrá que buscar acomodo entre los pigmentos anteriores. Mi afán, entonces, no es otro que buscar nuevos colores antes de que mis ojos se fundan en negro. 

Artículo publicado en el periódico municipal Bilbao

sábado, 12 de enero de 2013

Cross Road

 
Para Beatriz y Javier

lunes, 7 de enero de 2013

jueves, 3 de enero de 2013

Entrañas*



“Todavía escucho el viento; todavía estoy despierto” Coque Malla

Estoy desnudo. Sin recursos. Solo. A mi alrededor se rumia el desguace. La calle se levanta, las fachadas se desconchan y el cielo se rompe si lo toco. Las luces tiemblan a punto de apagarse para siempre y nadie parece ver la salida. El silencio se ha cubierto de un murmullo acostumbrado. Tiendas que sólo venden escombros usados, antiguas máquinas sin estrenar, ropa que un día me perteneció. Casas de cartón con las esquinas mojadas y bancos convertidos en apartamentos de lujo. 
Pero esto no fue siempre así. Recuerdo que una vez tuve un traje nuevo y sonreía. Todo iba bien. La gente salía a la calle con sus trajes más o menos nuevos. No era fácil sonreír pero se esforzaban.
Un día le pidieron a un hombre, cerca de mí, que se quitara la chaqueta, que lo hacían por su bien; por su comodidad. Él, obediente y dispuesto, lo hizo. Más tarde, vi cómo una mujer hacía lo mismo delante dos hombres bien vestidos; con todas sus prendas.  Sentado en un banco me fijé que uno de esos dos hombres se acercaba a mí. Esto ocurrió no hace mucho tiempo.
Me acaban de quitar mi última prenda. Una camisa hecha jirones. Quiero recordar que era blanca antes pero reconozco que ya no lo parece. Quieto, sin mover ni un músculo todavía siento el viento. Y pienso que puede que sea tarde. Pero ya no puedo más. No me van a quitar nada más. No me van a quitar las entrañas. Lo que tengo dentro. Lo que alimento con cada palabra leída, con cada sonrisa atrapada al vuelo, con cada milagro que acaricia las ventanas.
Aquellos que aún conservan el traje inmaculado están convencidos de que, tarde o temprano, como han conseguido el resto, se harán también con mis entrañas. Pero no, se equivocan. Nunca han errado tanto. Eso no se toca. Me ha costado tanto convertir llantos, risas, fatigas acumuladas y caminos equivocados en estas riendas que ahora sujeto que ya no se las voy a dar a nadie. No están en venta. Ya no. 
Pueden venir a la casa que nunca compré, a buscarme al trabajo que ya no tengo o interrogar al amor que perdí. Todo su empeño será inútil. También a ellos se les ha hecho tarde. Ahora me encontrarán enfrente.
Cuando aún me quedaba alguna prenda raída cometí la estupidez de creer que el error era yo.  Que la culpa era mía. Pero se acabó. No van a hacerme dudar más. El camino se ha vuelto embarrado, tortuoso, difícil de transitar pero es el camino que un día decidí tomar. A punto estuve, también, de creer que la suya era la única carretera disponible. Pero mi itinerario no viene en el mapa. Y eso es lo mejor de todo. Ellos no saben por dónde voy. Yo sí. Ya sé, al menos, hacia dónde me dirijo.
Ya sé quiénes son. Quiénes se planchan el traje a diario. Aquellos que se ríen pero se olvidaron de sonreír. Mediocres que creyeron en el atajo. Sombras ridículas proyectadas en ruinas. Constructores de castillos en el aire. Paseantes con zancada marcial.   Ninguno de aquellos me va a decir qué amar. No se van a atrever a indicarme con el dedo qué mirar, qué admirar o qué querer. Quién puede acompañarme o quién no. Si necesito la soledad o si anhelo la búsqueda. No son nadie para recortar mis laberintos. No van a guiar mis pasos. Yo decido el desfiladero al que arrojarme. Sigo desnudo y solo. Sin recursos pero con las riendas bien sujetas. Y en el siguiente cruce espero encontrarte.
* Artículo publicado en el número de enero de 2013 del periódico Bilbao.

jueves, 20 de diciembre de 2012

viernes, 7 de diciembre de 2012

martes, 4 de diciembre de 2012

'LOW COST'



Dice una amiga mía que el amor está sobrevalorado. Que se destina mucho esfuerzo a explicar, comprender y cuidar un sentimiento que, a su juicio, es como otro cualquiera. Dice que la amistad es una pieza igual de fundamental para las personas pero no se le dedica tanto tiempo, líneas, canciones y películas como al amor. 
Me resisto a reconocer que siglos y siglos de reflexión, emoción y belleza acerca del amor, nazcan de un simple estudio de mercado. Sin embargo, no niego que se produce, a veces, una saturación del uso de la  palabra que lo único que consigue es vaciarla de contenido.
Dentro de mi conciencia un tanto romántica y propensa a creer que todo el mundo está dispuesto a amar como si no hubiera un mañana, me resulta difícil pensar, no obstante, que el amor tiene varias lecturas, varias formas.
Por ejemplo, me resulta difícil aceptar que dos personas se conformen con quererse, sí, pero poco. Y no hablo de un deterioro progresivo de antiguos y verdes laureles. Algo que todos, en mayor o menor medida, hemos vivido, alentado o sufrido en nuestras vidas. No, es otra cosa. Hablo de una relación que nace ya con techo. Una relación de baja intensidad.
Es decir, dos personas se conocen, conectan y, aquí viene lo mejor,  ven en los ojos del otro la misma  intensidad que en su propia mirada. Una correspondencia de mínimos, con un amor necesario, suficiente, de mantenimiento. Un amor de bajo coste. Construyen, entonces, una relación 'Low cost'.


Como esas compañías aéreas que ofertan vuelos muy baratos. El servicio que prestan está acorde con el precio de sus tarifas. La atención es cordial pero no efusiva; los asientos son cómodos pero tienen el espacio limitado; está permitido llevar equipaje pero con unas medidas concretas y los trámites corren a cargo del pasajero, nunca de la compañía.
Cualquier servicio añadido, además, supone un aumento del precio final del billete.  Si quieres más atención, más dinero; si quieres llevar más maletas, más dinero; si quieres agilizar trámites, más dinero. Más facturas que pagar.
En este tipo de relaciones ocurre algo parecido. El respeto domina la relación pero no hay efusividad, emoción, ganas de investigar más allá de la frase: “¿Qué has hecho hoy, cariño?”. Cada uno tiene su espacio, incluso hay zona común, pero rara vez comparten sus parcelas y nunca sueñan con ampliar esa zona compartida. No lo necesitan. Así están bien.
Es obvio que ambos llegan a la relación con equipaje. Historias pasadas, puentes quemados. Pero siempre con la medida justa para que no suponga un esfuerzo desmesurado de la otra persona.       Ambos están dispuestos a pagar esa factura. Nunca más. Lo justo para que el avión no se caiga en pleno vuelo.
Es difícil mantener el amor a raya. Puede que hable, de nuevo, mi fe en un amor sin medida pero, ¿quién no ha pagado un suplemento en el precio de ese tipo de pasajes de avión?. Por mucho amor acordado que exista, un día la nostalgia requiere nuevas maletas que llenan el compartimento, el tiempo exige más atención y la curiosidad pide la ampliación de la zona común. Las dos miradas que antes se reconocían, ahora brillan diferente. Y la factura engorda.
Hay quien está dispuesto a pagar los suplementos con más amor o, dicho de otro modo, con otro amor. Pero también existe quien no quiere dejar un céntimo más en lo que considera un precio justo por el trayecto a realizar.  Llega, entonces, ese momento en el que la única salida es cambiar de compañía.  

Artículo publicado en el suplemento Pérgola del último número del periódico 'BILBAO'

lunes, 26 de noviembre de 2012

jueves, 8 de noviembre de 2012

martes, 6 de noviembre de 2012

Astarloa



Artículo publicado en el periódico Bilbao en el último número de Noviembre dentro del suplemento cultural Pérgola. Por cierto que esta publicación cumple 25 años. Zorionak y un honor colaborar desde hace casi dos años. La foto es de Raquel Fernández Munsuri.

Me paro delante del paso de cebra. Calle Astarloa, esquina Rodríguez Arias. Cojo el móvil y saco una foto del cruce. Compruebo que ha salido bien, guardo el teléfono y sigo caminando.  Es la vigésima imagen que tengo de ese lugar. Mientras me alejo vuelvo a coger el móvil y repaso las fotos que he hecho de ese mismo sitio. Encuadres similares pero con gente diferente, luz diferente y resultados diferentes. Cada imagen es fruto del azar. No voy a una hora determinada, en un día concreto para sacar la fotografía. Eso sí, siempre que pasó por ese cruce, miro la placa que anuncia la calle, me paro y desde ahí, est é donde esté, repito la misma operación que acabo de hacer apenas unos minutos antes.
Pero la rutina es un ser tan voraz que, después de veinte fotos al mismo sitio, casi he olvidado la imagen con la que nació este juego. La repetición se ha convertido en lo original, en lo genuino en si mismo.
La primera imagen que originó esta curiosa manera de pasar por un cruce no la hice yo. Se trata de una imagen que sacó Raquel y que me gustó. Tiene intención, es sugerente y deja de ser la calle Astarloa para convertirse en una calle cualquiera; en todas las calles. Con esa imagen aún en la retina pasé por el lugar de los hechos. Reconocí el sitio como escenario de la fotografía y sonreí imaginando a Raquel sacando su imagen. A partir de ahí, se desencadenó el juego de imágenes donde el azar es el único que establece la densa rutina.
El tiempo pasa y vamos perdiendo las referencias. O al menos se van distorsionando. Y llega uun momento en que creemos genuino lo que no es más que una burda copia de lo que un dia fue el 'clic' que nos hizo caminar.  Esto pasa mucho ahora. Con ideas, personas, sentimientos, incluso besos.

Una vida, una relación, está llena de ellos. La mayoría son besos a granel.  Calderilla que damos y nos dan por compromiso, por convención social o por mecánica pura. Una inmensa montaña de besos pequeñitos e insignificantes que tapa aquellos otros únicos, inmensos besos que agitaron la tierra que ahora pisamos indolentes.
Hay ideas que son la base del camino en muchas decisiones. Que motivaron una nueva mirada, un cambio de rumbo. Pero esas decisiones también llenaron de escombros y zarzas esas ideas. Cada vez más lejanas y brumosas, las ideas se vacían si se fuerzan, se adulan, se manosean y acaban vestidas con trajes grises de corbata.
Y personas que abarrotan la existencia sin saber muy bien qué papel juegan en mi vida. Quizás una vez fueron importantes pero el tiempo les ha cambiado las huellas dactilares que nos conectaban. Unas huellas llamadas sentimientos. El tiempo es perverso y caprichoso, y nosotros somos perezosos y miedosos. Es él quien retoca, redibuja y hasta desdibuja esos sentimientos que una vez nos conectaron con alguien. Una vez amé a alguien. Después le odié. Y parecía que aquel odio estaba ahí desde el principio, que no había sentido nada distinto antes por aquella persona. Pero pude recordar aquel 'clic' que lo desencadenó todo. Sigo sin amarle pero dejé de odiarle. 
A veces es bueno preguntarse por qué hacemos las cosas y buscar esa referencia que lo desencadenó todo. Buscar el original sepultado entre las miles de copias que hemos ido tomando por verdaderas. Sacudirse el polvo de las retinas e intentar mirar más allá de la sombra que proyecta una persona para fijarse en la persona misma.  Por eso, de vez en cuando, vuelvo a mirar esa foto nocturna y sugerente de la calle Astarloa, esquina Rodríguez Arias que un día sacó mi amiga Raquel.